Ajos, delirios y culebras, ¡ay, cuántas! Un caso de rabia en Margolles (Cangues d’Onís, 1787)

Siendo como era Ignacio Martínez Valdés, párroco en San Martín de Margolles a finales del siglo XVIII, poco dado a la literatura, mucho debió impresionarle el caso de la niña María Quesada, muerta en junio de 1787 tras haber sido mordida por un perro rabioso al pasar por el puente del Oreyo.

Por eso describió todo el proceso que llevó a la joven a la muerte, aparentemente causada por la fatiga que le produjeron sus delirios, de forma tan detallada que hoy podemos comprobar como reales muchos de los detalles que describe, en su disertación sobre la rabia, el recomendado opúsculo de Charles Pierre le Roux, escrito sobre esa fecha y que hoy podemos consultar online en Google Books.

Pero empecemos por el principio. Cuando todo empieza, son las seis de la mañana y el cura se ocupa de sus maitines diarios. Entonces…

El documento se custodia hoy en el Archivo Histórico Diocesano de Oviedo

Una visita inesperada

La partida de defunción de María Quesada dice así:

En ocho de junio del año de mil setecientos ochenta y siete, yo, don Ignacio Martínez Valdés, cura de San Martín de Margolles, concejo de Cangas de Onís, llamado de Román Quesada, vecino de Peruyes para confesar y ver a María, su hija, a las seis de la mañana, habiendo yo hecho interrumpiendo a los maitines y laudes en que me ocupaba, pregunté que «¿qué tenía? «Está muy mala, sin duda que le da el mal de rabia de que adolece», y sin dejar la conversación los dos, llega repentinamente Josef Rodríguez diciendo que ya le había dado el mal y trabajo de rabia. Fui allá y la encontré en un todo incapaz, y sin remedio de quedarse sola conmigo, y ni yo le hiciera a no ser que la atasen de pies y manos. No hubo otro arbitrio, ni humano remedio más que absolverla sub condicione, y, «si capad est, virtute Bulla cruciate», puesto que se conocía estar arrepentida, y haber pedido confesión. Murió también sin extremaunción, no obstante que fui allá dos o tres veces, y dije al padre avisase si la conocían muy cercana a la muerte, porque finalizó muy en breve. Enterróse al siguiente día nueve en la sepultura que está a la epístola de San Antonio y el arto. Era chica de trece a catorce. Y para que conste lo firmo en mi casa rectoral, y junio nueve de mil setecientos ochenta y siete.

Ignacio Martínez Valdés.

Es una partida mucho más extensa de lo habitual. Pero Martínez Valdés va a apuntar, en un anexo, todas las circunstancias que llevaron a la niña a esa situación. Un documento que, en combinación con el tratado de Le Roux, es hoy valiosísimo para comprender lo que significaba, en aquellos tiempos, uno de los males más frecuentes aquí y acullá: la rabia, cuyos síntomas bien pudieron confundirse, en circunstancias donde mediase la ignorancia, con los de una posesión demoniaca. No fue este el caso, afortunadamente, en el pueblo de Margolles.

Animals and Medicine - 2. Rabies - Open Book Publishers

De la puente del Oreyo a la fuente del Pisueco. Tragedia en tres turnos

Bajo el título «Nota por curiosidad», el párroco comienza a disertar de la siguiente manera:

La referida niña de trece años María Quesada fue mordida arriba de la Puente del Oreyo por un perro grande que según decia la gente estaba rabiado, y como a tal le han muerto enfrente a la Fuente del Pisueco; este perro hizo a la niña más de seis u ocho agujeros en las moñecas, y manos, grandes, y decía ella que la aventaba él con el bao (sic) de la boca. Esto fue el día quatro de maio de mil setecientos ochenta y siete, un viernes, a cosa de las quatro a cinco de la tarde. Vino el padre con ella ante mi, y la bendije con las reliquias de San Blas; estando en eso le dio can. de vomitar a la niña, no pudo (y ojalá con un vómito u otro remedio a juicio de médicos se le hubiera forzado, y no subcediese lo que subcedió). Fue a la bendición de los fraires de Valdediós, que la bendijeron, y la mandaron que no se acordase más de ello, fuese como dicen a un saludados y supongo la saludó con razón o sin ella. Vino la niña, y su padre la puso medicina para curar las llagas, y a los ocho días, ya se soñaba la niña con el perro, haciendo ademán de escorrerle, y aullando con la boca.

¿Qué medicina podría ser aquella? Imposible saberlo, ya que los remedios para curar la rabia eran innumerables. Transitaban desde la superstición popular de recitar los versos recogidos por Constantino Cabal en La mitología asturiana (1972) -había de hacerse por tres veces «antes de que el mordido por el perro haya cruzado un arroyo»-

Nuestra señora de Roma venía,
tres libros de oro en la mano traía,
uno que leía,
otro que escribía,
otro que mal de la rabia decía:

Fuentes claras a correr,
campos verdes a pacer,
que del mal de la rabia
no has de morrer.

El Manogito de flores (1723) ofrecía una serie de conjuros contra todo tipo de males

… a la superstición religiosa, como se narra en Manogito de flores, cuya fragancia descifra los mysterios de la misa y oficio divino (Juan Nieto, 1723) (disponible aquí): un exorcismo que servía para hombres, mugeres y ganados mordidos de animales rabiosos y ponzoñosos, y puede servir para qualquier dolor grave. Había de recitarlo un sacerdote vestido son sobrepelliz y estola morada, y que portase cruz, candela y agua bendita, poniéndose de rodillas y echando agua bendita al enfermo rabioso.

Centrándonos solo en lo científico, solían utilizarse para curar la rabia la corteza de la raíz del rosal silvestre, ya desde tiempos de Plinio; la acedera, la valeriana silvestre o el alcanfor; los polvos de Julián Palmario (un mix de ruda, verbena, salvia, llantén, polidopio, agenjo, hierbabuena, artemisa, torongil, betónica, hypericon y centaura); polvos de cangrejo o de escarabajo; hígado de perro rabioso -un remedio pronto desahuciado por la comunidad científica-, cantáridas en vino, limaduras de cobre o de estaño, manteca de arsénico o agua con sal. Y esto, solo para empezar. Poco a poco, la niña se fue recuperando… pero solo de las heridas. Por dentro corría ya el mal.

Gentiana lutea - Wikiwand
Genciana en ‘Atlas des plantes de France‘ (A. Masclef, 1891)

Iban las heridas sanando; aquí fue lo malo, tal vez si no las dejaran cerrarse hasta pasados varios meses hubiera expelido la postema.

Efectivamente, se creía que la evacuación de la ponzoña de la sangre «por aquel mismo lugar por donde fue concebida», es decir, la herida de la mordedura, ayudaba a hacer salir la rabia del organismo humano, algo que, según recuerda Le Roux, ya había apuntado el segoviano Andrés Lagona en el siglo XVI, y el griego Aecio, quien en el siglo V sostenía que debía dejarse supurar la herida durante al menos dos meses haciendo uso, para limpiarla, de plantas como la espadaña, la genciana o la brionia.

La enfermedad se manifiesta

Siguió como hasta últimos de maio, y principios de junio, y se puso triste la niña, y muy acobardada. No bebía, y comer, poco; diciendo, preguntada, que no tenía ni sentía cosa más que la garganta oprimida, que no la deja beber y comer poco (dábanla de comer antes varias veces ajos). En el día quatro hasta el siete, mucho más amurnida (sic), suspensa y aturdida, ojos torbos y mala figura; siempre estuvo gorda, y de buen color.

La falta de sed es apuntada por Le Roux como una de las causas que deben ser señales de alarma tras la mordedura de un perro rabioso, junto con otras como que al enfermo se le «perturba la fantasía; el sueño es inquieto; fácilmente se enfadan los mordidos, se ponen iracundos y responden desconcertadamente a lo que se les pregunta; huyen de la luz, se les seca regularmente la boca, se apartan de la compañía de la gente, se esconden por los rincones, lloran, se les enciende la cara, abominan las lluvias y beben menos de lo que acostumbraban, aunque algunos de estos síntomas tienen analogía con los de la hipocondria y manía». Llega en breve el episodio de manía hacia el agua «o cualquier cosa transparente» y, como en el caso de Quesada, dice el francés que el rabioso, aunque pueda todavía pasar alimentos sólidos a la garganta en su trance, «los esfuerzos que hace si llega a tocar con la lengua, o los labios cualquier licor, le produce una ansiedad y congoja increíble, acompañada regularmente de temblores y convulsiones enormes«.

El día ocho de junio, enteramente delirada y loca, por la mañana la recogieron en un cuarto, quedó sola y según se cree se mató a sí misma, despedazando paredes, ropa y tablas y más trances; hablándola debajo de todo eso, después de sacada prorrumpía en varias maldiciones, blasfemias, fingiendo a cada instante a los perros en sus aúllos, y otros varios desatinos y figuras. Decía le dolían las muelas y los dientes, que quería morder, y que morderá. A unos no les quería hacer daño, a otros sí, y hacía mil virajes con los ojos, boca y manos. Por fin vino el cirujano para sangrarla, y sin que hubiese tiempo, metiendo miedo a todos, espumeando por la boca, y diciendo eran culebras, ¡ay, quantas!, sapos, perros y mil postemas.

El delirio, no necesariamente consustancial al mal de rabia pero sí muy habitual, se manifestó en el caso de la niña de Margolles de forma muy palpable, como el caso narrado, en este caso en Gran Bretaña, por Falkner, el cirujano que trató, en 1762, a Ana Moore, una mujer que fue mordida en un dedo por un perro rabioso. A Moore la rabia se le manifestó con un «violento dolor en el corazón (…), los ojos asombrados; sufría una gran ansiedad, toda estaba agitada, y algunos ratos eran tan fuertes las convulsiones que apenas la podían sujetar cuatro o cinco hombres. Falkner, después de una sangría copiosa, le untó la mano, y el dedo mordido con ungüento mercurial; le ordenó un bolo compuesto por tres granos de turbit mineral (…)» y más, sin que ello consiguiera hacer remitir el delirio extremo. «Esta mujer quería morder, y llegó a morder sus dedos, almohadas y colchas de su cama; no podía pasar el agua, y cuando se la ponían delante daba muestras del horror más grande y doloroso».

Moore, sin embargo, consiguió curarse. Ya sabemos, porque lo hemos adelantado antes, que tristemente no fue así en el caso de María Quesada. Así, y de ninguna otra manera hubiera podido ser, acaba el anexo del impresionado sacerdote de Margolles:

Dio el último suspiro y su alma a nuestro criador el día ocho, a las quatro para las cinco o seis, viernes, tiempo en que la mordió el perro, y el mismo día.

Malos días, ya lo ven, los malditos viernes.