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Tres anécdotas, tres (2) Dos muertos y un torero

Infidelidades, muertes espantosas, historias de amor y de desamor… los libros parroquiales hablan de la vida de nuestros antepasados y, aunque para ello utilicen normalmente un lenguaje escueto que no da lugar a la imaginación, en ocasiones las historias que narran son tan intrincadas que no les queda más remedio que contárnoslas con todo lujo de detalles. Hoy veremos dos macabras muertes ocurridas en el Oriente asturiano en el siglo XIX y un curioso hallazgo en uno de los libros parroquiales que custodia el Archivo Histórico Diocesano.

El maizón asesino (Beloncio, 1815)

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No se sabe cómo ni en qué tesitura puede ocurrir una desgracia de tal magnitud, pero el caso es que ocurrió. En el pueblo piloñés de Beloncio se encontraron a la viuda María Molina con un maizón (esto es: la vara de la planta del maíz) que le atravesaba el ojo hasta llegar, o eso asegura el párroco de turno, a metérsele en el cerebro. Tal torpeza, puesto que al parecer la herida se la hizo ella misma, le costó la vida en 1815.

En la Iglesia parroquial de San Pedro de Beloncio, dia veinte y nueve de Agosto, año de mil ochocientos y quince, fue sepultada Maria Molina, viuda de Gregorio Forcelledo, vecinos del lugar de La Traveseda, la que se murió el día anterior, herida por sí misma involuntariamente en un ojo de un maizón que penetró hasta el celebro; y se la funeró con un funeral de primera clase que eligieron y cumplen sus hijos (y de dicho Gregorio) Pedro, Francisca, Gregorio y Joseph, todos casados. Lo anoto y firmo el propio Parroco, fecho ut supra. Don Bernardo Alonso Ablanedo.

Un hallazgo macabro (Borines, 1802)

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Picaba el sol en el Borines del verano de 1802 cuando un vecino de Cadanes, que parece ser no tenía costumbre de visitar su cabaña ganadera muy a menudo, se topó con el cadáver pútrido de un hombre en el interior de la cuadra donde tenía las vacas. De la magnitud del misterio da cuenta que se investigase por el juez piloñés la identidad del pobre difunto, que resultó ser Francisco de Elvira, natural y casado en Lliberdón. A pesar de la cercanía de ambos pueblos, el preocupante estado del cadáver en una época en la que las enfermedades infecciosas estaban al orden del día hizo que hubiera de ser enterrado al lado de la Iglesia de San Martín de Borines.

En los cinco días del mes de Agosto año de mil ochocientos y dos se dio sepultura eclesiástica junto a la puerta principal de esta iglesia parroquial de San Martín de Borines al cadaver de un hombre que se alló difunto en una casa de ganado del lugar de Cadanes de esta parroquia, segun resulta de autos formados por el Juez Ordinario de este concejo, a testimonio de Don Pastor Cobian, de cuyas deposiciones resulta por el dicho de un testigo ser el difunto Francisco Elvira, casado con muger y familia, vecino del lugar de Fano Parroquia de Libardón, y por estar este cadaber putrido, y en estado de inficionar se mandó por auto darle sepultura en esta Iglesia Parroquial de Borines, en la sepultura ya dicha, y que el dicho Juez mandó y señaló en presencia de dicho Escribano y de varios vecinos del dicho lugar de Cadanes y para que conste; y como theniente cura de dicha parroquia, lo firmo. Don Jacinto Valdés Peláez.

El cura que coleccionaba toreros (Llué, 1842)

IMG_4097O que los extraviaba, o ambas cosas. Este dorso de una antigua caja de cerillas fue olvidado en el interior de uno de los libros parroquiales de San Vicente de Llue, concretamente el que cubre el año 1842, época de máximo esplendor del patilludo torero de la imagen. A Manuel Domínguez Ampos (1816-1886) lo llamaban El Desperdicios por aquello de que no tenía desperdicio, según unas versiones, o porque en 1853, cuando un toro le embistió  y le dejó un ojo colgando, cuentan, dicen y rumorean la anécdota (bastante desagradable) de que el sevillano se arrancó el colgajo gritando “¡Fuera desperdicios!“. Sea como fuere, el torero cuya imagen decidió (o no) guardar el párroco era todo un personaje de la época, que había luchado como soldado del general Rosas en la Argentina y que mantendría hasta su muerte, a los 70 años, las características patillas que le poblaban gran parte de la cara.

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