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Los expósitos de Borines (1800-1850)

Al consultar libros de bautismos, es posible que nos llamen la atención las partidas referentes a los niños expósitos que, con mayor o menor frecuencia, aparecían abandonados a la puerta de la casa de algún vecino de posibles, a la de la iglesia o, sencillamente, allá donde resultase más cómodo. La de los expósitos es una maldición genealógica -nadie, por motivos obvios, los quiere en su árbol- y una historia, pocas veces contada, que da cuenta de tiempos grises y cruentos.

Alguna vez ya hablé de ellos por aquí, en tanto en cuanto me apasiona su historia. Hoy hago una relación de todos los expósitos aparecidos en uno de los pueblos en los que se centra mi investigación, Borines, en la primera mitad del siglo XIX, y os cuento algo más del destino de estos pobres chiquillos.

Expósitos: su origen y su destino

¿El origen? Por desgracia, tan antiguo como la vida misma. Pero si nos referimos al origen del nombre, procede del latín exposĭtus, “expuesto”, y hace referencia a que estos niños eran depositados en lugares para ser hallados, como veréis en la relación de los expósitos de Borines.

Sus destinos era tan variables como dramáticos. Generalmente, y a partir de la implantación de centros a tal efecto -el primero, la Inclusa de Madrid, se estableció en el siglo XVI-, tras ser bautizados en la parroquia donde eran hallados y alimentados los primeros días por una nodriza (voluntaria o no) local, eran trasladados al Hospicio provincial. En el caso de Asturias, fue Isidoro Gil de Jaz quien construyó el primer hospicio, en 1754, ubicado en el actual hotel Reconquista de Oviedo. El objetivo del Hospicio, tal y como se estableció en sus bases fundacionales, era reducir al trabajo a los pobres sanos, doctrinar y hacer laboriosos en parte a los inválidos, y recoger a los huérfanos y expósitos.” Para ello contó, además, con una red de casas cuna en lugares desde los que el viaje a Oviedo resultase excesivamente engorroso (Santa Eulalia de Oscos, Cangas de Tineo, Cangas de Onís y El Franco).

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Obvia decir que la vida en el hospicio no era fácil. Gurría y Lázaro, en su artículo sobre los expósitos riojanos del siglo XIX, apuntan a que la mortalidad de los expósitos era muy superior a la de los niños en general, ya alta de por sí: tres cuartas partes de los niños expósitos morían antes de los siete años, incluso aquellos que habían sido entregados por el Hospicio a alguna familia para su alimentación. En efecto, la falta de nodrizas en los hospicios -hay casos, documentados, en los que apenas cuatro nodrizas alimentan a cuarenta niños- hizo que muchos niños fueran entregados, durante sus tres primeros años de vida, temporalmente a familias, preferentemente, rurales. Se consideraba que allí, en el pueblo, no sólo habría unas condiciones de vida más favorables para el niño, sino que además éste, alcanzada ya cierta edad, podría servir como ayuda laboral a los padres y, por tanto, sería más fácil de “colocar”. La nodriza recibía una ayuda económica por proporcionar leche al expósito, razón más habitual para serlo que la mera solidaridad. Si queréis profundizar más sobre el apasionante tema de las nodrizas, este artículo de Valverde es muy interesante.

En fin: muy pocos niños expósitos acababan vivos; de los que quedaban vivos, muy pocos acababan formando parte de una familia, y, de éstos, prácticamente ninguno fueron adoptados por un deseo real de los padres de tener un niño… recordemos que estamos en tiempos en los cuales los hijos, deseados o no, y especialmente en las familias menos pudientes, se consideraban mano de obra. Ni mejor, ni peor: sencillamente, otros tiempos.

Los niños expósitos de Borines…

Hospicio

Borines no fue, afortunadamente, un pueblo pródigo en expósitos en comparación con otras de las parroquias que he consultado. De las razones de este hecho solo podemos teorizar, con todos los riesgos que eso implica. ¿Fue una parroquia con menor grado de pobreza que otras, con más recursos naturales con los que mantener a un hijo no deseado? ¿Fue el mayor aperturismo de algunos curas que, en algunos casos, llegan a casar sin problemas a parejas embarazadísimas o, como en el caso de Manuel de la Villa y Rosa Muñiz, viuda, en 1831, que habían tenido ya un hijo… catorce años atrás*? ¿Fue, sencillamente, casualidad? Nunca lo sabremos con total certeza. En cualquier caso, profundizar en la historia de los escasos expósitos con los que contó la parroquia a lo largo del siglo XIX resulta, como siempre, interesante para conocer un poco la realidad de todos aquellos pequeños anónimos que, si lo son, es porque de ellos poco se ha escrito.

  • El primer expósito documentado en San Martín de Borines apareció en la mañana del 11 de octubre de 1804 en el pórtico de la iglesia parroquial y, apadrinado por el sierense Francisco Sánchez Rozes, a la sazón residente en Borines, recibió el nombre de Gil.
  • El de 1804 fue un año pródigo para los niños abandonados. No en vano, aparecieron dos más el mismo día, 5 de diciembre, en San Feliz y en Viyao (barrio que, por aquel entonces, se decía Viao). El primero, Andrés, se encontró en la capilla de San Andrés, en el lugar de San Feliz de esta parroquia, de padres desconocidos” (obvio)…
  • …y el segundo recibió el nombre de Nicolás.
  • El 8 de diciembre de 1811 apareció un niño expósito en Cadanes, que recibió el nombre de Pedro Antonio y fue apadrinado por Pedro Calero, de la misma vecindad.
  • En el pórtico de la iglesia parroquial apareció, el 3 de agosto de 1814, una niña expósita, Estebana, apadrinada por Josef González.

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  • El 21 de agosto de 1815 fue bautizado Josef, niño expósito, apadrinado por Josef Toios.
  • A partir de la segunda década del siglo, las partidas recogen ya más información. Así, el 1 de junio de 1822, nos encontramos con la historia, narrada en detalle, de la niña María Ignacia, que aparece abandonada en Cadanes. La encontró José Véjar “en el soportal de su casa al amanecer de dicho día, sin saber quién la había puesto allí ni quienes fuesen sus padres; parecía ser nacida de la misma noche o de poco más tiempo: no traía cédula de estar bautizada; estaba vestida con dos mantillas mui ruines, una negra de estameña, otra de lienzo pintado y serga, un pobre pañal de estopa, una cinta ensartada de paño, y una cofia amantillada con guarnición de tupido.” Apadrinada por el propio Véjar, se ocupó de su lactancia la madrina, Francisca Solares, moza recién parida, hasta que a la pobre María Ignacia se le encontrase un destino.
  • EXP2Medio año después, el 15 de enero de 1823, en el lugar de Mosquil (Viyao), apareció una niña en el establo de la casa del matrimonio formado por Bernarda y Francisca Alonso.  “No traía cédula ni señal de estar bautizada: estaba mui pobremente vestida y parecía haber nacido en la misma noche, o día anterior; un poco de manta era su abrigo exterior, y un pañal de lino viejo y grosero el interior y fajada con una cuerda.” Se le llamó Teresa, y el párroco advirtió a Bernarda, la encargada de llevar a la expósita a bautizar, de llevarla al celador de Viyao para buscarle nodriza “mientras se disponía lo más conveniente a su crianza.”
  • El 12 de abril de 1829, en el barrio de San Martín, apareció en la tenobia del oerto que está junto a casa de Antonio y José Martino del lugar de San Martín de esta Parroquia, enrollada y con una cédula de la que no se leer más que la espresión de no estar bautizada” una niña que, apadrinada por José Longo y Serafina Alonso, recibiría el nombre de Serafina. El párroco encargó al celador de San Martín, Manuel Suárez, “la proveyese de nodriza interin se dispusiese llevarla al hospicio para lo que diese parte al señor Juez de este Concejo”.
  • El 17 de septiembre de 1834 apareció, a primera hora, una niña “en un carro tras la casa donde vive Salvador Montes en el lugar de Cadanes”. Se la llamó Saturnina. “No hay noticia de quienes sean sus padres”.
  • El 2 de marzo de 1836 apareció en el portal de Josefa de Cuesta, viuda y vecina de Cadanes, un expósito. Se le puso el nombre de Rosendo.

Expositos

  • Doce años estuvo sin aparecer una expósita en los términos del pueblo hasta que, el 14 de enero de 1848, Ramón Martino Sánchez, “vecino de un caserío en el collado de la Llama, término de esta parroquia”, encontró una pequeñametida en un cesto colgado de un torno a la entrada de un establo del Ramón, y vestida de muy pobres ropas”. Se la llamó Esperanza y fueron sus padrinos Manuel de la Llana y Teresa Joglar; y su nodriza, Teresa Marina, mujer del Manuel. “Se conoce”, insiste el párroco, “es recién nacida”.
  • El 21 de mayo de 1849, “en la misma mañana temprano”, “fue hallada por Domingo Molina, vecino del lugar de Viyao de esta parroquia sobre un pequeño establo del mismo, embuelta en muy pobres ropas, el cual dio de ello noticia á José Cobián cazador del mismo lugar, y este me la presentó para bautizarla como lo hice y se le puso el nombre de María”. Le dio de mamar Teresa García, casada con José Joglar, del mismo lugar de Viyao.

… y una excepción a la regla

Los usuarios de hospicios solían ser, en su gran mayoría, expósitos como todos los anteriores que, absolutamente desamparados, entraban a formar parte de su comunidad, dándoseles, entonces, apellidos como Iglesia, Iglesias (los más frecuentes en tierras asturianas), Jesús, Dios, Cruz o, por supuesto, Expósito. Pero al hospicio también podían ir los niños huérfanos o los no deseados, aunque hubieran sido reconocidos por sus padres en el bautismo. En el Borines del siglo XIX hubo un caso. Ocurrió en octubre de 1835, en la Caba. El día 13 nació Estanislao Alonso, hijo natural de Teresa Alonso, a la sazón viuda de Bernardo de la Llana, que llevaba los suficientes años muerto como para no colar como padre del pequeño. Una breve frase al final de su partida de bautismo da cuenta de su triste destino…

FueAlHospicio

“Fue al Hospicio”.

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Varias preguntas se nos agolpan, ahora, en la cabeza. ¿Es posible seguir el rastro a uno de estos niños expósitos, siendo tan desconocido su origen y tan anónimo su destino? La respuesta daría para otro post, por lo menos, tan kilométrico como éste. Pero no la tenemos lejos. Uno de aquellos niños expósitos acabó haciendo su vida en Borines y formando una extensa y prolija familia. Lo conoceremos más adelante…

* Me refiero a la enrevesada historia que nos encontramos en el libro de bautismos de San Martín de Borines correspondiente al 26 de junio de 1831: “El día veinte y seis de junio de mil ochocientos treinta y uno el infrascripto cura de la parroquia de San Martín de Borines reciví un Despacho del señor provisor de este obispado qual a la letra dice: Por la presente y su tenor mandamos al cura o teniente de la parroquia de Borines en Piloña que en el libro corriente de bautizados de ella anote la partida de Manuel, por hijo de Manuel de la Villa y Rosa Muñiz, viuda que era de Manuel del Llano, todos de la Parroquia de Borines, menos el padre del bautizado que es natural de la parroquia de Anayo, el cual aunque soltero cuando ha tenido el referido hijo con la Rosa Muñiz, siendo ya tal viuda, ambos han contrahido matrimonio en el día diez y siete de diciembre de mil ochocientos diez y siete en la Iglesia de Borines, habiéndole reconocido con las formalidades debidas. Fue bautizado el Manuel Antonio en veinte y tres de junio de mil ochocientos y once (…)”

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