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L'antoxana Una mártir voluntaria en Carda, Villaviciosa (1784)
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Una mártir voluntaria en Carda, Villaviciosa (1784)

Hay veces que las sorpresas, porque lo son, aparecen en donde menos nos esperamos. Este documento excepcional para averiguar un poco más de los usos y costumbres de finales del siglo XVIII, apareció en el libro de defunciones de la Parroquia de Santa Eulalia de Carda (Villaviciosa), un lugar no excesivamente amplio ni lo suficientemente rico como para que sea frecuente hallar personalidades naciendo, casando y muriendo en él. Pero sí esta vez. Se trata de la defunción de una mujer que, para el párroco de Carda, había llevado vida si no de santa, sí prácticamente de beata, y cuya “existencia ejemplar” la hacía merecer un puesto de honor en el libro de difuntos.

El documento es aún más excepcional si tenemos en cuenta que lo escribió el por entonces joven Bernardo Alonso de Ablanedo, a la sazón párroco de Carda desde 1776, y bien aficionado a la escritura, como se demuestra en este texto precoz. Lo fue tanto que acabaría por ser considerado el primer cronista del concejo de Llanera, donde arribó años después para ocuparse de la Parroquia de San Cucao. En 1804 publicó su Descripción y noticias del concejo de Llanera, la obra que le ha conferido el honor de cronista. Emilio Marcos Vallaure, del cual no cabe lanzar soflama política alguna ni aquí ni en este preciso momento -para qué-, llega a calificar a Bernardo Alonso de Ablanedo como ilustrado asturiano, definición que, desde luego, no es muy acertada si la ponemos en comparación con la relación de lo que Alonso considera virtudes en el siguiente texto. Ilustrado no es sinónimo, en términos históricos, de letrado. Pero vamos al meollo, que se nos hace tarde.

En quince de febrero de mil setecientos ochenta y quatro se murió Ana María Alonso, legítima muger de Diego Pasqual Fernández, mi feligrés, en el lugar de Montoto de esta mi Parroquia de Santa Eulalia de Carda, y en diez y siete del mismo recivió sepultura ecclesiastica su cadáver en la Iglesia Parroquial de dicha mi Parroquia, en su capilla mayor al lado de la Epístola en la sepultura, que pega con la pared de dicha capilla por aquel lado, y es la primera de las cinco que únicamente hay en ella, empezando a contar por el mismo lado de la Epístola. En el matrimonio con el Diego tubo una hija, llamada María, oy casada con Francisco del Rivero, mi feligrés; recivió el Sagrado Viático y extrema unción. Pocas horas antes de morir, convocó a su familia, marido, yerno é hija, y después de essortarlos vivamente á la Paz y virtud y encomendar a éstos el cuidado de su marido, suplicó a éste que diese a nuestra señora del Patrocinio, venerada en dicha mi Parroquia, la limosna de veinte reales para aiuda de comprarla un vestido, y no hizo más testamento ni dispuso otra cosa.

Hasta aquí tenemos una partida de defunción ciertamente extensa, ya que no suelen darse, en las ordinarias, tantos detalles acerca de las circunstancias de la muerte ni del enterramiento. Pero es en el anexo posterior en el que encontramos la verdadera rareza de este documento: el párroco, que lo lleva siendo ocho años de la difunta, decide narrar su existencia ejemplar en cuanto a mujer cuidada de la iglesia y temerosa de la religión. Empecemos:

Anotase aquí la vida, y conducta de esta muger, por haver sido exemplar.

Esta muger nació y fue bautizada en San Félix de Oles de este conzejo, oy Arciprestazgo de Villaviciosa; sus padres se llamaban Domingo Alonso y Catalina de Tuero, del vezindario de Oles. Se crió y educó en compañía de don Juan González, Presvítero, cura proprio de esta Parroquia, a quien sirvió hasta su matrimonio. Fue siempre de exemplar virtud. Especialmente sobresalían en ella la ovediencia á su marido, prudencia en el govierno temporal y espiritual de su casa y familia, una summa paz en ella y con el vecindario, una profunda humildad, grande respecto á los sacerdotes; una ansiosa devoción á la Missa y á oir la Santa Doctrina. Y la oía con humildad sin embargo de estar instruida en ella quanto ordinariamente cabe y es posible en personas sin letras. Era obediente al confessar; y sin embargo de su estado, y ocasiones que en él  ocurren, jamás juró sino una vez, y entonces con todos los requisitos en una causa matrimonial. Jamás maldició. Aunque la oí de confesión general de toda su vida, no fue posible hallar en ella materia alguna necessaria ó grave.

A continuación nos da el párroco los detalles de las dolencias inmediatamente anteriores a la muerte de Ana María Alonso. Dado que hallamos su partida de matrimonio en 1752, treinta y cuatro años antes de su muerte, y a falta de encontrar su partida de bautismo que nos confirme su edad real (para ello tendríamos que irnos a la parroquia de San Félix de Oles), podemos deducir que Ana María murió relativamente joven; quizás no hubiera llegado a los sesenta años. De cualquier manera, todo apunta a que fue una infección no controlada o, incluso, un cáncer de vejiga lo que la llevó a la tumba: nos refiere el cura unos intensísimos dolores al orinar tan intensos que llegaban a hacerle perder el sentido, llagas en la zona genital y, además, que aquellos problemas de salud no eran nuevos:

Por espacio de dos años antes de su muerte padeció con paciencia intensísimos dolores de mal de orina, hasta quedar toda llagada; y mucho tiempo antes padeció y sufrió lo mismo, aunque con menos dolor, pero con la misma paciencia; y sólo le faltaba para la más heroica paciencia el grado de gozarse en sus trabajos y dolores, y aunque según su irracional apetito y voluntad inferior los sentía, y quejaba en sus dos últimos años, porque en ellos llegaron á serle muy intensos, tanto que varias veces la imposibilitaban para toda acción humana y la dejaban sin uso alguno de la razón, no obstante siempre conservó en ellos una buena conformidad con la voluntad de Dios, y una resignación amorosa según su voluntad y apetito racional ó superior.

Ana María, obviamente muy frecuentadora de misa y confesión, mostraba tal humildad hacia su persona que solía negarse a que le fuera suministrada la comunión, por no considerarse digna de ella. Sólo la tozudez del párroco acababa convenciéndola de ello:

Finalmente entregó su alma á Dios en actual exercicio de las virtudes, en que se hallaba bien instruida, y en que en su vida vivió siempre ocupada; tal era su conducta, que no tenía frivolería alguna de las comunes á las gentes ó almas comunmente graduadas de Beatas. Frequentaba los sacramentos en mayor frequencia cada quince días, y por lo ordinario cada mes, y eso con mucha humildad, reconociéndose indigna de llegar á ellos, y muchas veces llegaba á la comunión por ovediencia unicamente al confessor; y así todos la veneraban y respetaban y admiraban su virtud, especialmente su misericordia y compasivo corazón para con todos los que para algún socorro la buscaban y hallaban siempre en quanto permitían sus cortas facultades.

En tanto en cuanto la declaración de santidad correspondía y corresponde aún, y de forma bastante compleja -exigiendo, además, la consecución de dos milagros o, en su defecto, un milagro y haber muerto como mártir-, tan sólo al Sumo Pontífice, nuestro párroco desea dejar claro en el siguiente párrafo que no quiere, con este texto, incurrir en aquello en lo que no le llaman, sino tan sólo destacar las virtudes de Ana María Alonso:

Nadie estrañe mi estensión en su cláusula de difunta, porque si en qualquier comunidad de religiosos, quando muere alguno de singular virtud, se anota su vida, habiendo fallecido esta muger en esta comunidad de mi Parroquia me pareció no importuno dar razón de su vida para en los futuros tiempos, por haver siempre en los ocho años que fui Párroco notado en su conducta que reynaba Dios en su alma con más que ordinaria pressencia según llevo espuesto, y eso sgún y en mi mui limitado juicio, que someto, y rindo al de Dios y la Iglesia, y no es mi ánimo de graduarla de Santa, sino unicamente esponer aquí mi tal qual juicio cerca de su vida. Lo firmo en mi casa de habitación a diez y siete de febrero de mil settecientos ochenta y quatro.

Bernardo Alonso Ablanedo.

No acaba aquí la cosa. El párroco se lo piensa un poco mejor tras firmar y añade un último párrafo, el más interesante sin lugar a dudas. Si estaba esperando el buen lector chicha de la buena, ahí va:

Otro sí.

Añado que esta muger se casó únicamente por ovediencia á su señor Amo, que miraba como á Director Espiritual. El comercio coniugal admitió, y admitió quando, y según la justicia le prescribía solamente, venciendo por amor á esta virtud su mui grande repugnancia al acto venéreo, nacida ia de su natural ia también, y no poco, del amor á la honestidad. Su Pasión dominante era la ira; mas sin embargo sofocaba y refrenaba en sí perfectamente los ímpetus de esta pasión, y solamente se manifestaban en la mutación de su semblante, aunque su condición era en estremo iracunda; y para con los demás domésticos y extraños observaba perfectamente el Proverbio de Salomón al capítulo 15, Responsio mollis mitigat iram, pues con su dulce y suave trato mitigaba á qualquiera persona airada; finalmente curó esta muger y vistió su cuerpo con un apero y buen cilicio por muchos años, y observó sino un perfecto ayuno en todos los días de su vida, á lo menos una perfecta abstinencia. Así me consta por haver sido de ocho años acá su Párroco y confessor, y tenerla por vezina mui immediata á mi casa de habitación, lo firmo dichos día, mes y año.

Ablanedo.

Es decir, que a la buena Ana María el acto carnal le causaba tanta irritación que pasó no pocos años con la ira amargándole el semblante hasta que, finalmente -presuponemos que cuando cumple con su objetivo de dar heredera al matrimonio- se encierra en la más absoluta castidad y culto al dolor. El uso del cilicio, entendido como una túnica de áspera tela raída y sucia, que irritaba la piel y generaba, por su inmundicia, frecuentes erupciones cutáneas, siempre había sido muy polémico. Hubo eclesiásticos que desaprobaban su uso por creer que aquello favorecía a la vanidad de quien, atormentado por voluntad propia, escapaba al común de los mortales para erigirse en adalid del sufrimiento. Ana María usaría el cilicio y la abstinencia, seguramente, para prevenir la lujuria -aunque hubiera hecho escasa gala de ella anteriormente-. Pocos años después de la muerte de la santa de Carda, Josef Faustino Cliquet, cura matritense y doctor en Teología, publicaba en su La Flor del Moral” (1791) todo un compendio de recomendaciones anti-líbido entre las cuales se encontraban, claro, el uso del cilicio y de una cama dura “para macerar las carnes y sujetarlas al espíritu”, y el ayuno puesto que, y en palabras de San Gregorio, el consumo de carne y vino calentaban el ánimo y los corazones.

En la imagen: María Magdalena con cilicio. Talla de madera en la iglesia de Santa Miguel y San Julián (Valladolid)

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