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Los tres expósitos de Lucrecia de Castro

Lucrecia de Castro, a pesar de ese nombre tan de culebrón venezolano, era una vecina del pueblín de Folgueras (actualmente parte del concejo de Pravia; por aquel entonces, del de Salas) que vivió entre 1760 y 1817, concretamente en les cases del Otero. Y si hablo de ella es, obviamente, porque aparece en mi árbol genealógico aunque sin ser pariente de sangre. Lucrecia fue la primera suegra que tuvo mi pentabuelo Ramón, la madre de su primera esposa, Josefa, que moriría muy joven. Tiempo después Ramón se casaría con otra Josefa y se convertirían en lo que son ahora: los tatarabuelos de mi bisabuela Carmen.

El caso es que Lucrecia enviudó joven y aparentemente tenía posibles, lo cual no era decir mucho en un pueblo tan sumamente empobrecido como Folgueras, donde las madres solteras, los nenos expósitos y los entierros de caridad estaban a la orden del día. Tener esa situación, sin embargo, la convirtió en un blanco particular para muchos padres que, a principios del siglo XIX, quisieron abandonar a sus hijos.

Pensarían, probablemente, que Lucrecia los podría criar bien debido a su posición económica y de mujer sola y relativamente joven. Ni más ni menos que tres niños expósitos encontramos en los registros abandonados a la puerta de la casa de Lucrecia. Una dramática curiosidad.

Los niños abandonados de Lucrecia de Castro fueron:

 

  • Juana Josepha, niña que fue “espuesta en el corredor de el cuarto de Lucrecia de Castro” (sic) el 5.6.1808 al amanecer, vestida de andrajos y con una cédula que decía haber sido bautizada y llamarse Juana. Fue depositada en el Real Hospicio.
  • Juan, que el 7.4.1816 por la mañana apareció “en el corredor de el quarto de Lucrecia de Castro”. No consta que haya sido trasladado al Real Hospicio.
  • Rosalía, abandonada en 10.12.1818 al amanecer en “el corredor de un quarto de Lucrecia de Castro”. Parece ser que tampoco fue trasladada al Hospicio.

Otro día, con más tiempo, hablaremos del fenómeno de los niños expósitos en la Asturias de los siglos XVIII-XIX. De momento, sirva esta pequeña anécdota de archivo para ilustrar los dramas a los que nos tenemos que enfrentar algunas veces como testigos mudos e impotentes de una sociedad olvidada: ¿no es eso lo que somos, en el fondo, los genealogistas?

 

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